Los milagros de Mirian: Mirian López

Por: Lina Castañeda Tabares

10509598_717819548279935_3832330866954669070_n1-e1439518854333El calor de la tarde nos arrulla. Lo puedo en ver tus ojos, pequeños y claros que se entrecierran cuando me miran. Puedo sentirlo en mí, cuando el calor me hace resoplar y se me doblan las piernas. Cierro la puerta de tu casa y las paredes blancas de la sala hacen resaltar esa blancura de tu piel que se torna etérea.
Me das la bienvenida y me señalas una silla a tu lado.
-Pensé que no iba a llegar, Mirian. Pero te dije que estaría a las 2:30 de la tarde y te cumplí.
-No es tan lejos, no tienes pierde si tomas el bus de Manrique, Jardín- vuelves a sonreír y miras con incredulidad la grabadora que enciendo y sostengo en mis manos.
Me habían hablado de ti, me habían dicho que tienes 35 años, que padeces fibrosis quística y que eres la paciente con más edad en la ciudad. Lo suficiente para crearme una historia, para imaginarte unos pasos, unas rutinas, una vida diferente.
Pero tu caso es atípico. Tienes 35 años, es cierto, pero tan solo 2 años con el diagnóstico. Y la vida que imaginé, los pasos que ideé se caen, se desmoronan, hacen parte de una ficción que tus palabras derrumban:
-Toda mi vida tuve cuadros pulmonares y estuve hospitalizada muchas veces, pero nunca tuve un diagnóstico claro. Hasta que hace dos años un neumólogo me derivó a la Fundación Antioqueña de Infectología y me hicieron el examen de la fibrosis. Dio positivo.
No lo podían creer. Te repitieron la prueba esperando equivocarse, pero el diagnóstico fue certero.
-Ser la paciente con más edad me demuestra que se puede vivir con la enfermedad. Pero a la vez soy muy nueva en el diagnóstico y tengo que acostumbrarme a las rutinas que trae, a los medicamentos diarios y a las nebulizaciones. Ahora debo disfrutar la vida de otra forma.
El sonido de la máquina de oxígeno nos hace guardar silencio. Es un telón de fondo para tus palabras pausadas. Me dices que fuiste repostera, que te encanta cocinar. Y comprendo que lo que tocas lo vuelves dulce. Incluso tu esposo, Gener, que se ha acercado hacia nosotras con un tazón de uvas para ti y un vaso de gaseosa y torta para mí, no puede resistirse a tus poderes.
Se sienta frente a ti y me dice que eres una mujer excelente.
Te conoció por casualidad, a finales de marzo de 1998, porque al subir a Manrique Jardín, el barrio donde has crecido y vivido, no pensaba encontrarte. Gener es caleño y venía en búsqueda de su hermano. Pero te vio a lo lejos, tal vez en el balcón de la casa materna, o tal vez en una esquina de este barrio con calles intrincadas.
No lo sé, incluso Gener no puede decírmelo. No lo recuerda porque la memoria captura lo que le interesa y tú, Mirian, te le clavaste más que como un recuerdo fijo, te convertiste en una presencia indispensable desde hace 16 años.
-Yo fui a la casa de mi hermano y pregunté por ella que me pareció muy linda- dice Gener mirando la grabadora negra que está sobre una silla. -Entonces él me dijo que su hermana vivía al lado, y ella nos contactó. Desde ahí estamos juntos, yo la cuido y le doy fuerza. Y ella me da compañía y amor. No hay nada que no podamos hacer estando juntos: jugamos, nos reímos, salimos, obviamente la cuido porque tiene que disfrutar la vida de otra manera.
Y otra vez tu sonrisa tranquila. Otra vez el ronroneo de la máquina de oxígeno y tus manos que se posan sobre el tazón de uvas. Me comentas, sin apartar los ojos de Gener, que él es tu fuerza cuando estás hospitalizada. Que él te anima a luchar para seguir pasando los días a su lado, que esperas pacientemente cuando se va a trabajar a la hidroeléctrica de Ituango porque sabes que ahí estará, como un guerrero que el amor levanta.
Uno de los uno milagros que te llenan de vida, Mirian, a más allá de esta condición y de las crisis, está en que eres la esperanza de quienes empiezan a vivir con la enfermedad, ellos pueden reflejarse en ti para saber que se pueden seguir dando pasos, construyendo y escribiendo capítulos.
Y el amor, ese es otro milagro que te salva de caer, es como un lazo que te sujeta por el pecho. Pero también son las alas que te permiten alzar el vuelo sobre las dificultades y la medicina que nunca escasea porque la tienes en abundancia, porque la das a borbotones.
Otra vez veo tu rostro. Tus labios delgados, que albergan una sonrisa plena, me dicen adiós y me agradecen.
-Gracias a ti, Mirian. Gracias.

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