La felicidad no hace ruido: Juan José Fuentes Hincapié

Por: Michael González Quintero

Juan José es la E- 621, esa es la clasificación a la mutación en la que se encuentra, bueno él no, la fibrosis quística que lo acompaña desde muy pequeño. Y cuando digo muy PEQUEÑO es con mayúscula sostenida y negrilla, porque en este momento tiene nueve años.
Nueve que le han alcanzado para estar en cuarto de primaria y ser elegido como uno de los mejores del salón con el uso de la tecnología, nueve años también que le han alcanzado para compartir con unos papás dispuestos a quitar de su camino cualquier obstáculo que le impida ser feliz y, sobre todo, alejar cualquier cosa que le robe un poquito de esa tranquilidad que refleja con sus movimientos, con su quietud, con sus sonrisas cortas pero amplias.
Renglones arriba utilicé la palabra acompañar, cuándo me refería a la enfermedad que para mi acompaña a Juan José, algunas personas que estén leyendo esto, pensarán que la palabra correcta sería padecer, o sufrir y entonces la frase correcta sería: “La enfermedad que sufre Juan José”, pero en mi configuración mental la idea que tengo de padecer o de sufrir no entra, no pasa, no encaja y ni siquiera lo roza.
Yo llegué muy puntual a la cita, exactamente a las 9:30 de la mañana al barrio Itagüí, Santa María. Juan José estaba muy elegante, con una camisa manga larga a cuadros azules, Custodio, su padre, días antes cuando intentábamos cuadrar la visita, me había parecido muy serio y preciso, pero una llamada no ofrece la comodidad de su propia sala y, lo que es mejor aún, justo en el día de descanso de su trabajo que separó para mí.
Por eso y seguramente hizo chistes durante todo el tiempo que estuve en su casa: chistes como que Juan José había quebrado a la EPS de tantos y tan costosos medicamentos que el niño recibe casi a diario, pero eso sí me dijo: “yo soy serio para lo que tengo que ser serio y para mis cosas, pero de resto siempre es que hay reírse un ratico”.
Doña Teresa: su esposa, es muy joven y muy amable. Hasta ese momento los tres para mí habían coincidido en algo: eran felices y tranquilos. Juan José habló muy poco, casi no soltó su tablet, algunas preguntas me las respondía con la cabeza y algunas que me quedaba debiendo me las pagaba con sonrisas.
Yo quise saber más de él, pero por dentro pensé: “qué mejor que le respondan a uno con sonrisas”, y no cualquier tipo de sonrisas, una de esas que son combinadas, entre pena y ternura.
Por otro lado sus papás y casualmente una persona de la fundación Mariana que había ido a hacer una visita de acompañamiento y a saber novedades del estado de salud del niño, me respondieron todo lo que quise saber y hasta les quedé debiendo preguntas.
Pero no había mucho que saber, bueno sí pero sólo historias y anécdotas bonitas, como por ejemplo cuando doña Teresa, se mete debajo de una mesa de la empresa donde trabaja a llamar a Juan José a despertarlo o a recordarle que debe tomarse la medicina, o también como cuándo se pusieron a saltar en la terraza de un hospital para que Juan sudara y le pudieran hacer un examen médico.
Juanjo nunca ha estado hospitalizado, siempre tiene buena salud, corre, grita, salta y come más que cualquier otro niño. Él sabe que tiene una condición de vida distinta, pero para mí que ni lo nota.
La terapia es sencilla: puede ser inflar bombas o jugar fútbol con el papá, yo me ofrecí a jugar con él, pero él prefirió que su mamá le diera en la espalda unas palmaditas suaves para que los pulmones se le fueran descongestionando. De resto las pastillas, las vitaminas, las nebulizaciones las hacen en cinco minutos, mientras se juega un partido de fútbol en la tablet.
Doña Teresa dice que Juan tiene un angelito – mientras me traía un vaso de leche con torta- y para mí también lo tiene, pero también hay ángeles en forma de familia y con nombre: una hermanita que pude conocer justo antes de irme, porque estaba dormida, pero que intervenía en la conversación cada que a la mamá o al papá se les olvidaba algo o decían algo equivocado.
Doña Teresa es el otro ángel de Juan, a ella se le sale casi literalmente el amor por los ojos y en cada una de sus palabras. Mariana y su fundación también tienen una sucursal de ángeles que los han apoyado desinteresadamente y les mostraron cómo vivir mejor.
Y por último, don Custodio, que para mí se llamaba de otra forma, pero se cambió el nombre para hacerle honor a su labor diaria: custodiar a Juan, en su casa, en el colegio, en las consultas médicas y en la vida.

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